DIARIO UNO - Mendoza Abril 2013 - por Paola AlÉ
Bodega chica con vinos buenos
Manuel Mas, dueño de Finca La Anita, cuenta cómo es que impuso en los ’90 el modelo europeo de pequeña empresa con productos de alta gama.

Emprendedor. De gran sentido del humor, el ingeniero quÍmico disfruta de su estadÍa en Mendoza, del sabor y el color de sus vinos, y del otoÑo en su finca. Foto: Marcelo Aguilar / Diario Uno
Si bien es nacido y criado en Mendoza, el ingeniero químico Manuel Mas pasó años alejado de sus raíces. Viajó por el mundo, vivió en Inglaterra y, de vuelta, en la década del ’70 se instaló en Buenos Aires, donde reside y trabaja desde ese momento.
Durante los ’90 ya sentía mucha nostalgia de su tierra. Aunque la suya no fue de lágrimas y fotos, sino lo que se podría llamar una “melancolía productiva”. Es que, en lugar de venir a vivir y a
contemplar la naturaleza, Manuel decidió realizar un emprendimiento empresarial bien mendocino: compró una finca e instaló una bodega pequeña, en la que comenzó a elaborar vinos de alta calidad. Hoy
es la exitosa Finca La Anita, que lleva 20 años en el mercado y exporta la mayor cantidad de su acotada producción.
-¿Cómo llegó a ser parte del mundo del vino?
-Yo soy nacido y criado hasta los 20 años en Mendoza, en pleno centro: calle Mitre, entre Necochea y Gutiérrez. Soy ingeniero químico y trabajé toda la vida en el mundo de la ingeniería. Viví muchos años en Inglaterra, cuando era joven. Estuve demasiado tiempo en el mundo de la ingeniería y hace 20 años, viviendo en Buenos Aires y administrando mis cosas allá, me decidí a volver a Mendoza y a tener un emprendimiento productivo acá. Y allí se me ocurrió comprar una finca.
-No era un modelo muy conocido en esos momentos...
-Armé un proyecto que yo había visto mucho en Europa y que en Mendoza no existía: una bodega chica con vinos de calidad. Hasta ese momento, fines de los ’80 y principios de los ’90, acá había sólo bodegas grandes: Norton, Arizu, Escorihuela, Trapiche... Tenían sus líneas de vinos buenos, pero eran empresas a grandes escalas. Las bodegas chicas que había no tenían marcas de vino. Lo que hacían eran vinos de traslado o que los vendían a grandes bodegas. Pero no había una bodega chica que elaborara vinos de marca.
-¿Le costó imponerla?
-En la época en que compré Finca La Anita, en Agrelo, la industria estaba bastante pinchada. Ahora está en auge. Pero en esa etapa recién estaban comenzando a exportarse vinos argentinos. Yo compré esa finca, le puse el nombre de mi madre, Anita, y me dediqué a lo que contaba recién: a hacer vinos de calidad. La verdad es que me ha ido bárbaro con eso.
-Fue la primera “bodega boutique” de la provincia...
-Sí. Lo que pasa es que odio ese término. Pero la idea es ésa: poca producción y de alta calidad. Como los châteaux de Francia, que son eso: bodegas pequeñas con una propiedad de siete u ocho hectáreas y que tienen una casa, que es lo que se llama el château, la casa de los dueños, los que se dedican a realizar vinos en cantidad limitada y maximizando la calidad. Siempre tienen vendida la producción de antemano, de acá a la eternidad. Tienen sus nombres y sus compradores. Ese modelo acá no existía. Finca La Anita fue la primera en adoptar esa modalidad, la iniciadora. Cuatro o cinco años después, muchos han tomado ese camino.
-Ahora se ha formado un mercado turístico alrededor de este modelo de fabricación de vinos...
-Claro. De hecho, hay bodegas que tienen restoranes y museos. Yo tengo un museo de esculturas de un artista plástico ya fallecido, que fue el que fundó la Cátedra de Escultura de la UNCuyo, en los años ’40, Lorenzo Domínguez.
-¿Está relacionado el mundo del vino con el del arte?
-Sí, ahora es así. Antes nadie iba a visitar una bodega. No eran lugares de visita, como las fábricas. A nadie se le ocurría ir a visitar YPF o la Coca Cola. Cuando yo era chico, pasaba por la bodega El Globo y no me llamaba la atención. No había turismo de bodegas ni la cultura que hay ahora. La gente quiere ver cómo se hace el vino, aprender, hablar con el enólogo, ver cómo es la uva. A Finca La Anita llega mucha gente de Buenos Aires que ve la finca, de setenta hectáreas todas plantadas, y pregunta: “¿Ustedes plantan esto todos los años?” ¡Están acostumbrados al trigo y al maíz! Les tenemos que explicar que no,
que son parras que tienen 60 o 70 años. Me han hecho esa pregunta como si fuera un cultivo estacional la vid. La gente piensa que la uva es como los tomates: que plantás al comienzo del año y a su fin, la
planta ha alcanzado una altura considerable. De todas maneras, ahora han cambiado las cosas y la gente tiene mucha más cultura en lo que se refiere al mundo del vino.
-¿Qué opina de los catadores que les encuentran olores o sabores extraños a los vinos, como notas de frutos rojos, peras o manteca, por ejemplo?
-Para mí, hay un poco de sobreactuación. Los vinos son buenos, muy buenos, excelentes. Pero buscarle para saber qué vas a decir, si tiene olor o sabor a cuero de cabra, por ejemplo, ya es mucho. Me parece algo forzado. Hace 20 años no se hablaba de nada de eso: era vino tinto o blanco; “éste es bueno para los asados y éste para el pescado”. Esas eran más o menos las definiciones. Así era en los ’60-’70 y en los ’80 comenzó a cambiar. Como todo, se produjo un movimiento pendular total. Entonces, ahora un vino tiene que tener aromas, especias... A veces es como demasiado.
-Pero hay parámetros de calidad a seguir...
-Obviamente, hay que tener en cuenta los defectos. Un vino que tiene gusto a corcho o que está pasado de acidez no te gusta, ya está. También hay muchos que contienen aromas bárbaros. Pero ya buscar si ese aroma es de frutas blancas, frutas tropicales o frutos del bajo bosque es demasiado. Yo he escuchado sobre descriptores inverosímiles de los vinos. Esto lo podrán saber en Suiza, en Alemania, donde se dan esos frutos, pero no acá.
-¿Cuál es la especialidad de su bodega?
-La de mejor calidad es Finca La Anita, nuestro vino de cabecera. Y vamos agregando cosas. Ahora, a raíz de que cumplimos 20 años, lo que para una bodega chica es un desafío por las crisis del país y de
la industria, sacamos un vino que se denomina Corte Aniversario. Es un vino especial, muy limitado y caro. Lo hicimos de Syrah, que es la primera variedad de uva que elaboramos en Finca La Anita, y Petit Verdot, la última variedad que trabajamos. Hicimos un corte con estas dos uvas para celebrar.
-¿Viene de una familia de bodegueros?
-Para nada. Mi padre era un médico español, el doctor Fernando Mas Robles, y mi mamá era argentina, Anita Rodríguez. Yo me dediqué a la ingeniería química y, un poco para acercarme a mis raíces nuevamente, después de tantos años de vivir afuera fue que se me ocurrió comprar la finca La Colonia. Pero nadie de mi familia se dedicó al vino ni a las bodegas antes que yo. No era una familia de bodegueros ni viñateros. Yo vivía en Buenos Aires hacía un montón de años, viajaba por el mundo por mi trabajo y actividades, y volver a Mendoza para comprarme una casa en un barrio cerrado no era mi
programa. Dije: “Voy a volver a través de un emprendimiento”.
-¿Su mujer lo apoya en su trabajo?
-Mi mujer, Norma, me asiste en mi empresa. Y somos muy unidos; nos encanta venir a la finca, a Mendoza. No tenemos hijos, pero tenemos sobrinos que se están interesando en la bodega y nos sucederán seguramente. Casualmente, me llamó ayer Norma y me preguntó cómo iban las cosas. Le dije que bien, que la finca está hermosa en otoño, y me respondió: “Es la última vez que te vas solo a Mendoza”. Y así será.
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